Publicado en Cuento, Poesía

Aurore 04 : by Jag

Viaje a París

—No olvides el camino a casa. —Fue lo último que escuche decir a mamá cuando partimos de viaje a París. Tras nuestro retorno nada sería igual, incluso nosotras mismas.

El viaje era sencillo, una hora separa Chartres de la ciudad luz. Los días anteriores fueron de despedida, no me lo tomé tan en serio porque mamá siempre me había dicho que teníamos que ir a París, conocer la Catedral de Nuestra Señora de París. La devoción de mi mamá era esa, un respeto por todo lo sagrado y enseñanzas diarias que yo ya me había acostumbrado a recibir.

Partimos de la estación de bus el lunes en horas de la madrugada camino a París, faltando pocos kilómetros para llegar a París el bus tomó la ruta que conduce a la ciudad de Reims. Le pregunté sí íbamos equivocadas y ella contestó, con mucha expectativa, que debíamos conocer a alguien en la Catedral de Nuestra Señora de Reims. Sería otra hora más de viaje.

En la estación de Reims nos esperaba un apuesto hombre que saludó muy emotivo a mamá. Hablaron un rato, él me observaba, curioso, por sobre el hombro de mamá. Por un segundo pensé no se qué mil cosas, pero el encanto desapareció cuando por fin vino a mí y me saludó así no más, como a un recién conocido.

Nos invitó un café con croissant en la cafetería de la estación, siguió hablando con mamá en tono muy bajo y era notable que ellos se conocían. Salimos de la estación rumbo a la Catedral, yo iba en el puesto de atrás viendo las hermosas calles de Reims. Llegamos a la Catedral e ingresamos por el parqueadero a un estrecho corredor que desemboca en la oficina del Cardenal, en la parte posterior de la Catedral. Allí se reunieron los tres, mientras yo aguardaba sentada en el corredor. Hablaron por horas y sin duda el tema era yo, sentía las miradas como cuando conocí a Andrew, el amigo de mamá. Al terminar la reunión, el Cardenal se despidió de todos, se acercó directo a mí, retiró el cabello de mi rostro y me persignó.  Manifestó el gusto por conocerme y nos recordó que sería un largo viaje.

Mamá me presentó en detalle la Catedral de Reims, al igual que en Chartres, sin dejar escapar un icono, un grabado, una historia. Contempló absorta la Anunciación de María en el Pórtico Mayor y el Ángel de la Sonrisa. Su mirada contenía una alegría que humedecía sus ojos y apretaba fuerte mi mano.

Almorzamos en los alrededores, asistimos al sermón que presidió el mismo Cardenal que conocí en la mañana. Visitamos otros lugares históricos como fue costumbre en Chartres, descubriendo la ciudad oculta a los ojos del incauto. Partimos de Reims poco después de las siete de la noche; llena de preguntas vi alejarse las luces de Reims tras el panorámico del mini Cooper que Andrew conducía. El destino la ciudad de Amiens a casi dos horas de camino. Nos hospedamos en el Hotel Catedral Mercurio, cerca de la Catedral donde nos esperaban muy temprano al otro día.

Esa mañana sería como todas las demás, visitábamos al Cardenal de la Catedral y mamá me mostraba el lugar. La Biblia de Amiens fue el nombre que más recordaré, debido a las esculturas representativas de los pasajes del antiguo y nuevo testamento, así como el relicario de Juan Bautista.

Al día siguiente salimos hacía la ciudad de Bayeux. Allí conocería la escultura de Jerusalén Celestial y el Cristo en Majestad.

Los trayectos se fueron volviendo tediosos, el viaje a Évreux, Étampes, Laon, Épine, hasta la anhelada París. En cada ciudad más información e inquietudes, el viaje de una hora a París se prolongó por quince días.

En uno de los trayectos tuve mi mayor sorpresa por causa de mamá. Las visitas a Cardenales y a Catedrales, me cuestiono tanto acerca del viajes que decidí hacer mis propias conjeturas, entendía el simbolismo de cada escultura, la relación con las imágenes de la Catedral de Chartres y la veneración a la Virgen María. Por otra parte el rostro de Andrew me resultó más familiar y recordé que nos había visitado en Chartres. Note la afinidad con mi madre y el interés en ocultarla. Las largas horas hablando en secreto y esas noches en que mamá llegó a la madrugada a nuestra habitación.

Decidida a despejar mis dudas los enfrente. Primero expuse el conocimiento adquirido a partir de todos los recuerdos y luego me lancé con la pregunta directa sobre su relación. Esperaba encontrar tal vez un padre, contando  con el mar de preguntas que ello implicaba, pero mi sorpresa fue total.

Continuaron la conversación diciéndome que era justo que me enterara de todo y que era notable mi sentido deductivo acerca del motivo del viaje. Seguido dijeron que la casual posición de las Catedrales no era tal, están alineadas con la constelación de la Virgen como lo reveló Louis Charpentier: “Fueron construidas por iniciados de la Orden del Temple, herederos de la sabiduría de fuentes ancestrales en Jerusalén… De lo que trata es de crear una entrada al Reino de Dios”.

Spica tiene su representación en la Catedral de Nuestra Señora de París y  justo en el solsticio ocurre una revelación milagrosa en la Catedral de Chartres. Tal y como me contó alguna vez mamá acerca de las luces del cielo que descendían para señalar el nuevo camino. La convicción de sus palabras no me permitía dudar, pero creerme a mí, parte importante del suceso se salía de mi entendimiento. Yo instrumento de revelación y renovación de la fe. Era inverosímil.

Pero, ¿por qué yo? No alcancé a formular la pregunta cuando mi madre dijo que yo había nacido en el solsticio justo al medio día cuando está la plenitud del suceso y desde ese día, el empeño y dedicación de ella como de la Iglesia había sido consagrarme como la portadora de la virtud. Una tradición que ha tenido la Iglesia desde la creación de las Catedrales.

El viaje a la Catedral de Nuestra Señora de París tiene por objeto presentarme a mí como ofrenda de devoción a  Spica. Y así como en la representación del “Juicio Final” del Libro de los Muertos disponer mi corazón sobre la balanza instándome a llenar la copa de los sentidos para derramar sobre la humanidad las bendiciones del camino de Dios.

Por fin en París, llegamos temprano a la Catedral y después de hablar con el Cardenal, iniciamos la ceremonia de presentación. Yo aún me encontraba perpleja, pero poco a poco a través de los cantos me fui compenetrando en el misterio de la Anunciación.

Saldremos hacia Chartres, una semana antes de mi cumpleaños número quince, nos acompañará el Cardenal de Nuestra Señora de París y allá nos encontraremos con los Cardenales de las ocho restantes Catedrales y otros representantes de la Iglesia. El tiempo es justo para preparar la ceremonia.

Ese día cuando sean exactamente las diez de la mañana iniciaré el recorrido sobre el laberinto revelando el camino a la Jerusalén Celestial, el desafío del laberinto es abrirnos gradualmente a Cristo antes de avanzar hacia el altar, el amor y él nos brindan la esperanza de que se superen las dificultades. Será una oportunidad para experimentar sus defectos, los abandonos y los indultos necesarios para seguir adelante.

En punto de las doce del medio día, en la fecha y hora de mi cumpleaños, un rayo de sol penetrará por un espacio vacío en el vitral de San Apollinaire y dará en una piedra blanca cuya blancura resalta sobre el matiz gris general del enlosado. Esa piedra tiene incrustada una espiga de metal dorado brillante cuyo reflejo dentro de la bóveda de la Catedral encenderá la nueva luz que alumbrará el sendero de nuestra salvación.

 

Jag

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Aurore 03 : by Jag

El ladrón de loza y los laberintos.

 

En Chartres, las calles empinadas y sus hermosos jardines eran el paso obligatorio de los fines de semana, siempre hacíamos un recorrido por las calles estrechas llenas de aromas artesanales; admirando las terrazas que matizaban de rojo los rincones desnivelados de la parte alta de Chartres. Terminábamos el día deshojando flores en el puente de piedra sobre el Río Eure.

Una de esas salidas más allá de la ciudad baja nos conduciría a la casa de Don Raymond Isidore, un lugar fantástico lleno de elaborados mosaicos y murales que el mismo erigió por más de 20 años. Un sitio obligatorio para visitar, como muchos en Chartres, además mi mamá tenía particular interés en que fuéramos aquel día.

La casa de Picassiette era sorprendente, todos sus rincones adornados con trozos de baldosas recreando los mejores pasajes bíblicos y escenas salidas de la imaginación. Cada trozo de cerámica fue traído e instalado por el propio Raymond. La casa está llena de magia en cada pasillo. Para admirarla hay que ingresar por el patio donde se encuentra el primer corredor y de allí en adelante seguir los mosaicos que se revelan siempre hacia la izquierda. La casa no es imponente en tamaño pero si en dedicación, es angosta y alargada de tal manera que todas las puertas y ventanas miran hacia el sur.

Mamá me llevaba de la mano y en cada pared me describía cada detalle de la obra, agregaba además una vieja leyenda. Me hizo caer en cuenta del sentido en que caminábamos para conocer el lugar y también como podíamos llegar a cualquier sitio de Chartres desde cualquier lugar, teníamos un mapa mental detallado de Chartres.

Nos detuvimos a observar las imágenes de la Virgen y el niño y la imagen de Jesús crucificado, ambas ensalzadas con los mejores trozos de vitral y unidas en el espacio imaginario por caminos proyectados desde la luz que se cuela por el corredor. Mágico en realidad, pude sentir la esperanza que hay en la fe y vi en el rostro de mi madre, no su cara triste por mi incomprensión normal, sino esa cara de satisfacción porque comprendía más allá de la razón. Terminó pidiéndome que recordara donde estaban en la Catedral ésas mismas obras y su relación con el laberinto de la bóveda central de la Catedral.

La tarde de ese domingo llega a su fin. Tomamos la ruta de regreso hacia Chartres, era una noche de mayo muy apacible, de cielo despejado y aire fresco y tibio invadiendo los pulmones. Señalando a lo alto del cielo mi mamá repitió para sí la frase de Rodin de Chartres: “Un hombre que, mirando al cielo, un día entenderá su divina soledad sobre la Tierra”.

Yo un poco agotada me recosté sobre su regazo, mamá me abrazó, tomó mi mano y señaló hacia Spica, la estrella de la Espiga, me contó la historia de cómo abandonó a la humanidad por su codicia y cómo interviene por la misma ante Zeus buscando nuestra tranquilidad y justicia. El relato llegó hasta nuestra casa pero el sueño pudo más conmigo.

 

Jag

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Aurore 01 : by Jag

La Catedral de la Asunción de Nuestra Señora de Chartres.

 

Las calles de Chartres siempre empinadas me recuerdan de niña como disfrutaba que mi madre me dejara rodar cuesta abajo unos cuantos metros en mi triciclo rojo, que habilidosa amarró del tubo de la silla a una cuerda que sujetaba con fuerza. El vértigo recorría mi cuerpo de pies a cabeza. Nunca tuve temor de llegar al final de la acera, sabía que mi madre estaría allí para detenerme de improviso como siempre lo hizo, soltando y deteniendo el triciclo sin avisarme, para ver mi cara de sobresalto.

Así pasó mi infancia, siempre viendo el rostro de mi madre sonreír camino al trabajo, eran los únicos instantes, en la mañana, que siempre la veía sonreír. En el transcurso del día eran esporádicos los momentos en que me sonreía y saludaba, empinándose y asomando la cabeza desde la esquina de la Pastelería Tessier donde trabajaba hasta las cinco de la tarde, lo sé porque aprendí la posición de las manecillas cuando mamá golpeaba la puerta y me sorprendía con un postre. Yo pasaba los días enteros en el balcón del tercer piso de la casa de Doña Antoinette, sobre la Calle Bourg donde me despedí muchas veces con lágrimas y con el tiempo llena de esperanza por verla regresar. La veía alejarse hacia la pastelería, cuadra y media más abajo, donde creía en el alma que siempre estaba, con la fe ciega de saberlo.

Mi vida giraba en torno de la Catedral y sus leyendas. Todos los domingos asistíamos a la misa. Vivíamos cerca, arriba del callejón de la Calle San Eman, y la caminata por el jardín contiguo a la Catedral se convertía en tardes de historias y juegos que mamá solía contarme mientras, en un mantel de cuadros rojos y blancos, simulábamos cada aventura acompañadas de un emparedado y jugó natural.

Hablábamos de todo, menos de papá. Sus historias siempre tenían un mensaje que nunca me revelaba y era la primera pregunta en las tardes después del trabajo. Muchas veces, creo que no di la respuesta correcta, a pesar de juegos inventados, mi mamá llegaba a la conclusión que aún no era tiempo de saber la respuesta. Siempre que la escuchaba decir eso, entristecía su rostro.

En casa de Doña Antoinette, donde pasaban mis días en el balcón, compartía mis aventuras con su hija Paulette, un año menor que yo. No jugábamos mucho porque yo preferiría estar pendiente de la calle con el fin de ver a mi mamá. Doña Antoinette era una mujer un poco tosca y refunfuñaba mucho, sólo se le veía más amable algunas tardes en las cuales hablaba con mi mamá y uno que otro domingo que nos veíamos, después de la misa, en el jardín de la Catedral para recorrer el laberinto de flores al abrigo de árbol más frondoso que haya visto en mi vida. Estar junto a ellas siempre fue mi mejor referencia de hogar.

Mi triciclo de aventuras se convirtió en una veloz bicicleta con canastilla plateada. La mañana en que la encontré estaba muy triste porque no hallaba mi triciclo. Mi mamá me consoló con una historia acerca de los ciclos de la vida y la necesidad de crecer y adaptarse. Un discurso poco inteligible para una niña que sólo quería su triciclo. En punto de las doce del medio día de ese 21 de Junio, día de mi cumpleaños número seis, mi mamá señaló el lugar donde se encontraba mi bicicleta.

Mi vida había cambiado un poco ese año. Ingresé a la escuela de Gerard Philipe en la Calle Bethléem diagonal a la Catedral. Y aunque seguía bajo el cuidado de Doña Antoinette, las tardes eran eternas esperando a mi mamá que por costear la pensión de la escuela había conseguido un trabajo, en la noche, en el Bar Tabac cerca del Río Eure.

 

Jag

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Aurore 02: by Jagxs

Conmoción en el Puente.

Cuando cursaba tercer grado el invierno en Chartres fue bastante frío. El Río Eure se oía correr con fuerza y hubo algunos deslizamientos a causa del clima, las temperaturas alcanzaron los 9° bajo cero.

Salíamos temprano bien abrigadas camino de la escuela, después de las indicaciones típicas de una madre me despedía con un beso y la bendición. Era usual que se regresara con Doña Antoinette quien se encontraba muy enferma a causa del frío. Al medio día yo esperaba a  Paulette y juntas nos íbamos para la casa.

Siempre recorríamos la catedral sin dejar de admirar todos los grabados de sus imponentes paredes. Yo le contaba a Paulette las historias de cada imagen, que tenían en mi memoria un referente con las contadas por mamá. Me entretenía viendo todas las líneas, pliegues y espacios vacíos que retienen la luz. Era como armando un rompecabezas con todos los juegos que mamá me enseñó. “El libre arbitrio del hombre debe ser sumiso a la devoción” repetía mi madre cada vez que me daba una lección. No tardábamos en llegar a casa, no sin antes pasar por un beso donde mi mamá y devolvernos quizás con un delicioso postre.

Una noche los vecinos empezaron a murmurar, el frío de esa noche helaba los huesos, eran casi las once y mamá estaba por llegar. La gente se agolpaba en el puente sobre el río. Me despertó el aldabón que se rompía en la puerta de la casa, junto con los gritos desesperados de las vecinas; desperté sobresaltada y mi corazón se invadió de temor. Corrí al balcón del tercer piso para observar lo más lejos posible pero mi esfuerzo fue en vano. Sólo pude ver a Doña Antoinette perderse presurosa en la noche calle abajo, por el camino que trae a mi madre cada noche.

Mis ojos se entristecieron mientras empezaba a orar. Mi corazón se llenó de paz cuando repetí la oración que me enseñó mamá:

“Esta noche de nuevo, oramos para que la luz de Cristo ilumine los ojos de nuestro corazón, nos aparte de toda muerte, nos abra en caminos cerrados, haz de nosotros nuevos hombres y mujeres para compartir en la alegría de su resurrección”

El temor se fue desvaneciendo en mi corazón aunque mi mente de niña no paraba de dudar atenta a cualquier murmullo o sombra que saliera de la calle de Bourg. El tiempo se hizo inmenso, como jamás lo había sentido, y no pude contener mis lágrimas cuando escuché sobre un asalto a una mujer en el puente de Eure. Doña Antoinette se acerca en medio de algunos policías y el tumulto asfixiante, en ese instante me sentí morir; llegué en un sólo salto a la sala de la casa, me disponía a salir a la calle cuando entre los murmullos escuche la voz de mi madre consolando a Doña Antoinette, abrí la puerta de sopetón,  me abalancé al vientre de mi madre y me aferré con fuerza, ella quedó sorprendida por mi actitud. Unos segundos después me alzó entre sus brazos y me pidió calma.

La inquilina de la casa de enfrente fue herida por un asaltante que aprovechó la oscuridad de la noche y el puente para tomar sus pertenencias, por ser amiga de mi madre y de Doña Antoinette fue necesaria la presencia de ellas ante la policía. Esa fue la demora en aquella noche, mi mamá como siempre aprovechó la ocasión para darme una lección acerca de la vida.

“El temor infundado es prueba de nuestra poca fe”.

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Éramos borregos.

Éramos borregos obedientes al cayado, pastando en la pradera de verdor eterno.

Nos queda intuir que el Árbol Sagrado es la razón y la Fruta Prohibida la palabra. Dejamos de lado las dulces hasta que cayeron del Árbol pudriéndose a nuestros pies y nos revolcamos en ellas apropiándonos de las amargas, atando unas con otras hasta construir discordia.

…Es de entender porque nos expulsaron: era más fácil tomar las palabras dulces, que de por sí ya estaban construidas, que escarbar en la miseria y enlazar unas a otras para tergiversar y herir.

…Dimos muestra de lo que estábamos hechos.

¿Sí la razón está a nuestro alcance y tomar su fruto es fácil por qué una mente pura puede maquinar en contra propia?

Porque el borrego saciaba su hambre sin que ello le costara y aún quedaba prado para ver comer a otros y su corazón anidó por primera vez la envidia y ella desencadenó la gula.

Cuando pudo saciar su instinto básico escogió la avaricia para privar a otros de los verdes campos hasta que su imperio lo lleno de vanagloria y orgullo.

Después de tenerlo todo lo invadió la pereza producto de la soledad y la desidia que hay en la cumbre, y el poder perdió significado y lo cegó la tristeza.

…Pero su orgullo pudo más, que la nobleza con que fue creado, y a la postre desencadenó en ira.

Aquel Árbol Sagrado se convirtió en el estandarte de los imperios que construyó en cada uno de sus Pecados Capitales. Su fruto en la espada que juzgaba a diestra y siniestra. De allí en adelante nuestra boca habló de lo que tenía en el corazón.

Jag