Publicado en Cuento, Poesía

Éramos borregos.

Éramos borregos obedientes al cayado, pastando en la pradera de verdor eterno.

Nos queda intuir que el Árbol Sagrado es la razón y la Fruta Prohibida la palabra. Dejamos de lado las dulces hasta que cayeron del Árbol pudriéndose a nuestros pies y nos revolcamos en ellas apropiándonos de las amargas, atando unas con otras hasta construir discordia.

…Es de entender porque nos expulsaron: era más fácil tomar las palabras dulces, que de por sí ya estaban construidas, que escarbar en la miseria y enlazar unas a otras para tergiversar y herir.

…Dimos muestra de lo que estábamos hechos.

¿Sí la razón está a nuestro alcance y tomar su fruto es fácil por qué una mente pura puede maquinar en contra propia?

Porque el borrego saciaba su hambre sin que ello le costara y aún quedaba prado para ver comer a otros y su corazón anidó por primera vez la envidia y ella desencadenó la gula.

Cuando pudo saciar su instinto básico escogió la avaricia para privar a otros de los verdes campos hasta que su imperio lo lleno de vanagloria y orgullo.

Después de tenerlo todo lo invadió la pereza producto de la soledad y la desidia que hay en la cumbre, y el poder perdió significado y lo cegó la tristeza.

…Pero su orgullo pudo más, que la nobleza con que fue creado, y a la postre desencadenó en ira.

Aquel Árbol Sagrado se convirtió en el estandarte de los imperios que construyó en cada uno de sus Pecados Capitales. Su fruto en la espada que juzgaba a diestra y siniestra. De allí en adelante nuestra boca habló de lo que tenía en el corazón.

Jag

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Publicado en Cuento, Un poco de Fe

Lenta Agonía.

El cuarto era lo suficientemente oscuro como para dejar entrever sus lágrimas, sus manos apretando el rostro y su alma agonizante, melancólica, sola. El ambiente era bastante tenso, se respiraba el aliento amargo, se sentía la presión de la culpa, pero guardábamos silencio.

Fue un simple error del destino, una casualidad encontrarnos aquí, ellos cometieron nuestros mismos errores pero fueron juzgados diferente; ironía del destino que nos marca a vivir, unos con la culpa, otros con condena. Y aquella vez no entendieron que nuestro sufrimiento era igual, todos fuimos humillados como perros, ratas abandonadas que tan sólo daban asco.

Todos callamos, nos era imposible pensar, cruzar palabra alguna, cada uno en su espacio, el suficiente para no sentirnos solos; ellos siguen sentados pudriéndose en sí mismos.

En medio del silencio late el corazón, solo, angustiado. Late marcando el comienzo de su triste final, todos agachamos la cabeza fingiendo no escucharlo. Ese inmutable silencio, que va destruyendo nuestros sentidos, es un látigo empuñado por el verdugo que sonriendo nos enseña cuán injusto es todo.

Es nuestra condena menor en cuantía. ¿Cómo agradecer?, sí el temor que les consume desde el momento en que ingresaron es también el nuestro, ya lo habíamos sentido. Y pese a todo, no podemos consolarnos, porque las palabras sobran cuando los sentidos están saturados y la vida se ve frente a frente con la muerte.

De pronto entre el silencio se escapa una sonrisa angustiosa, falsa, nerviosa; no es más que el acto fallido del alma que agonizante recuerda su infancia. Mientras la sonrisa se pierde en el vacío, las miradas se cruzan buscando explicación y llegan a la mente antiguos recuerdos.

Ayer dijo sonriendo –el tiempo pasa y mañana compartiré con mi madre momentos dulces y agradables, ésta pesadilla habrá terminado–. Hoy guarda silencio, en un segundo terminan sus sueños, se derrumba todo. Somos muy fuertes para llorar y demasiado orgullosos para pedir consuelo.

Hay quien desde su llegada se encerró en sí mismo, sin moverse, sólo ha levantado el rostro para toser y despojar de sí éste humo azufrado que llena el ambiente.

Hoy somos once compartiendo este “moridero”, once jóvenes que en su corazón aún les juega un niño y en su alma la ternura. Todos separados en este mismo hueco con un corazón que llora la misma melodía con notas de muerte.

Son ellos tres, los que aniquilan su vida pagando sus errores, como todos aquí. Son la minoría, pero su sufrimiento es un manto que nos cobija a todos.

Nuestros ojos brillan con la brasa de un cigarrillo que se consume como nuestra existencia, quedando sólo basura que rueda entre la miseria de la noche.

… Y seguimos aquí sentados callando cualquier palabra, esperando que nos llegue el fatal momento donde rindamos cuentas y todo quede saldado.

Jag[i]

[i] Peche, Guzmán, Bayona. En especial ustedes, quienes compartieron un calabozo de la CP Ayacucho.
Sep./29/91. 23:45. Conan 1/1.