Publicado en Cuento, Poesía

Aurore 03 : by Jag

El ladrón de loza y los laberintos.

 

En Chartres, las calles empinadas y sus hermosos jardines eran el paso obligatorio de los fines de semana, siempre hacíamos un recorrido por las calles estrechas llenas de aromas artesanales; admirando las terrazas que matizaban de rojo los rincones desnivelados de la parte alta de Chartres. Terminábamos el día deshojando flores en el puente de piedra sobre el Río Eure.

Una de esas salidas más allá de la ciudad baja nos conduciría a la casa de Don Raymond Isidore, un lugar fantástico lleno de elaborados mosaicos y murales que el mismo erigió por más de 20 años. Un sitio obligatorio para visitar, como muchos en Chartres, además mi mamá tenía particular interés en que fuéramos aquel día.

La casa de Picassiette era sorprendente, todos sus rincones adornados con trozos de baldosas recreando los mejores pasajes bíblicos y escenas salidas de la imaginación. Cada trozo de cerámica fue traído e instalado por el propio Raymond. La casa está llena de magia en cada pasillo. Para admirarla hay que ingresar por el patio donde se encuentra el primer corredor y de allí en adelante seguir los mosaicos que se revelan siempre hacia la izquierda. La casa no es imponente en tamaño pero si en dedicación, es angosta y alargada de tal manera que todas las puertas y ventanas miran hacia el sur.

Mamá me llevaba de la mano y en cada pared me describía cada detalle de la obra, agregaba además una vieja leyenda. Me hizo caer en cuenta del sentido en que caminábamos para conocer el lugar y también como podíamos llegar a cualquier sitio de Chartres desde cualquier lugar, teníamos un mapa mental detallado de Chartres.

Nos detuvimos a observar las imágenes de la Virgen y el niño y la imagen de Jesús crucificado, ambas ensalzadas con los mejores trozos de vitral y unidas en el espacio imaginario por caminos proyectados desde la luz que se cuela por el corredor. Mágico en realidad, pude sentir la esperanza que hay en la fe y vi en el rostro de mi madre, no su cara triste por mi incomprensión normal, sino esa cara de satisfacción porque comprendía más allá de la razón. Terminó pidiéndome que recordara donde estaban en la Catedral ésas mismas obras y su relación con el laberinto de la bóveda central de la Catedral.

La tarde de ese domingo llega a su fin. Tomamos la ruta de regreso hacia Chartres, era una noche de mayo muy apacible, de cielo despejado y aire fresco y tibio invadiendo los pulmones. Señalando a lo alto del cielo mi mamá repitió para sí la frase de Rodin de Chartres: “Un hombre que, mirando al cielo, un día entenderá su divina soledad sobre la Tierra”.

Yo un poco agotada me recosté sobre su regazo, mamá me abrazó, tomó mi mano y señaló hacia Spica, la estrella de la Espiga, me contó la historia de cómo abandonó a la humanidad por su codicia y cómo interviene por la misma ante Zeus buscando nuestra tranquilidad y justicia. El relato llegó hasta nuestra casa pero el sueño pudo más conmigo.

 

Jag

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Soy un pasajero más de este mundo de información, adicto a las palabras y a la búsqueda incesante de información. Un hobby que me convierte poco a poco en un bit más...

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