Publicado en Hijas, Poesía

Tommy

De profundo negro son sus ojos, brillantes y alerta. Largas orejas, que oscilan al vaivén de sus pasos, desprendiendo alegría. Mirada altiva y rubios rizos al viento. Así era Tommy desde pequeño. Siempre buscando juego, halando las cobijas recién tendidas y correteando palomas en el parque.

Tommy se perdió en la última despedida… se quedó en casa junto a mí. Junto a los peluches de niña, las fotos borrosas, la ropa vieja, la cómoda y una cama sencilla… nos quedamos en mutua compañía con todas las cosas que ya sobraban en la vida de mi hija o que no tenían cabida en su nuevo apartamento.

Siempre despierta antes de las cinco, ansioso con ganas de salir a estirar sus patas y brincar como conejo. Con su ladrido nos despertaba hasta salir al jardín. Aún despierta a las cinco, pero aprendió a latir, aprendió mesura para no incomodar a un viejo como yo.

En las tardes lo acompaña soledad y en las noches somos tres. Nos acostumbramos al paseo silencioso, sin necesidad de collar, ninguno pretende escapar del otro… al fin y al cabo somos las últimas cosas viejas por aquí.

Su mirada, ahora entristecida, disputa con las ondeantes orejas que rebosan de alegría cuando me ve llegar. Me espera en el alféizar sin derrochar euforia, espero verlo al dar vuelta a la esquina, sin demostrar mucha alegría.

Tommy guarda silencio cuando me acompaña en la sala, se apoya junto a mis pies y disimulado mueve su cuerpecito para recostarse plácido mientras termino el café. Otras veces le puede más la curiosidad y, escurridizo, busca apoyarse en mi regazo hasta meter su trompa entre las páginas del libro y yo.

…Tommy se acostumbró a mí o yo me acostumbré a él… el caso es que mi mano siempre busca su cabeza para sentirme menos solo y él busca mi mano para recordárnoslo.
Jag
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